Entre muchas opciones que tuve para ver el pasado fin de semana, elegí El Dictador (Larry Charles, 2012), protagonizada por Sacha Baron Cohen, aquel inglés que más de una vez nos ha demostrado que no se detiene ante nada para intentar hacer reír. Que a veces lo logre o no ya es otra cuestión. Tengo que aceptar que tenía ganas de reír un poco y lo confieso: me divertí bastante la mayor parte de la película.

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De qué trata? El dictador” nos cuenta la historia de Aladeen (Sacha Baron Cohen), un dictador que hace todo lo posible para que la democracia no llegue a su país. Rico en petróleo y casi completamente aislado, el país africano de Wadiya lleva siendo gobernado por el ferozmente antioccidental Aladeen desde que éste tenía seis años, cuando fue nombrado líder supremo tras la desafortunada muerte de su padre (muerto por desgracia en un accidente de caza, alcanzado por 97 balas y una granada de mano). Desde que accedió al poder absoluto, el consejero de más confianza de Aladeen es su tío Tamir (Ben Kingsley), quien ejerce tanto de jefe de la policía secreta, jefe de seguridad y proveedor de mujeres. Por desgracia para Aladeen y sus consejeros, Occidente ha comenzado a meter las narices en los asuntos de Wadiya, y las Naciones Unidas han sancionado repetidas veces al país en la última década, pero el dictador no va a consentir que un inspector del Consejo de Seguridad entre en sus instalaciones secretas de armamento (¿es que acaso no saben lo que quiere decir “secreto”?). Pero después de que un intento de asesinarle le cueste la vida a otro más de los dobles del líder supremo, Tamir convence a Aladeen de que vaya a Nueva York a solucionar la cuestión de las Naciones Unidas. Así, el general Aladeen, Tamir y su séquito llegan a Nueva York, donde no son muy bien recibidos, pues la ciudad está repleta de exiliados de Wadiya cuyo mayor deseo es ver a su país libre del régimen de terror de Aladeen. Pero en la tierra de la libertad, a Aladeen le esperan muchas más cosas que unos cuantos expatriados furiosos.

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Es indispensable saber a lo que va uno al ver una película como ésta, de lo contrario difícilmente se tolera. Políticamente incorrecta hasta límites insospechados. A veces uno quisiera no reírse pero es imposible. Las bromas, sobre todo durante la primera mitad de la película, son geniales, no digamos los cameos de actrices y actores bastante conocidos.

Con la genial escena del viaje en helicóptero se burlan de la psicosis generada en los Estados Unidos a partir de los atentados de Nueva York, hay una escena romántica durante un parto que es de no creerse. Todo en medio de comentarios insultantes para todo tipo de razas, géneros y nacionalidades. Nadie se salva. Sacha Baron Cohen se destapa como todo un terrorista, actoralmente hablando, pues transgrede cualquier límite del buen gusto y la moral con tal de lograr su propósito, que es hacer reír, e incluso se da el lujo de ofrecer un memorable discurso final en donde da su visión de la democracia y al mismo tiempo nos lanza a la cara que ésta no existe en el mundo actual (me sorprende cómo es que aún lo dejen ingresar a los EEUU!). Quizá después de una genial primera mitad la película pierde fuerza, dándonos solamente algunos chispazos hasta llegar a ese gran final en la misma sede de las Naciones Unidas.

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Como apoyo femenino tenemos a Anna Faris, quien fácilmente podría ser la contraparte femenina de Sacha Baron Cohen. Se atreve a realizar papeles cómicos complicados, y en esta ocasión su personaje recibe constantemente una lluvia de insultos por su físico y condición de mujer por parte de Aladeen.

Hasta dónde tenemos una cinta de mal gusto y una genialidad? Creo que dependiendo de los límites que uno ponga a cada una de las cuestiones. Debo aceptar que pasé por ambas etapas de pensamiento mientras la veía.

Sólo diré: véala bajo su propio riesgo.

Por se57r4d4

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